Cuando por evitar un conflicto te metes en uno mucho mayor

¿Quién no ha estado en esa situación donde, por no hacer olas, por no armar un borlote, por no complicarse la existencia, termina uno metido en un verdadero laberinto? Esa jugada maestra de evitar un conflicto pequeño que, de repente, muta en un monstruo de mil cabezas que te persigue hasta en sueños. Es el colmo de la ironía cósmica, el chiste más cruel del destino: te portas bien, intentas ser diplomático, y zas, la vida te recompensa con un problemón de proporciones épicas. Uno se pregunta si el universo tiene un comité de expertos en sarcasmo. Esas veces que te sientes como un mago que intenta hacer desaparecer una moneda y termina desapareciendo el estadio entero.

La ironía de las buenas intenciones

Muchas veces, nuestra brújula interna nos indica el camino de la paz. Queremos llevar la fiesta en calma, que el agua no se salga del cántaro. Y para ello, estamos dispuestos a mil sacrificios: callarnos un comentario, aguantar una queja, aceptar un “favorcito” que en el fondo sabemos que será una monserga. La idea es sencilla: si me hago de la vista gorda, si no le muevo mucho al asunto, seguro que el problema se evapora solo, como por arte de magia. ¡Ajá! El universo, que es más travieso que un niño con gomita, tiene otros planes. Resulta que, por querer evitar un conflicto trivial, activamos una cadena de eventos tan desastrosa que hasta el guionista de una telenovela de las tres de la tarde diría: “¡Eso ya es mucho!”. Es como intentar apagar un cerillo con gasolina. La intención era buena, el resultado, un incendio forestal.

  • Paz a toda costa, ¿a qué precio? La búsqueda de la tranquilidad es un motor poderoso. ¿Quién quiere pleitos? Nadie en su sano juicio. Preferimos sonreír y asentir, aunque por dentro estemos echando humo. Pero hay una línea muy fina entre la diplomacia y el autosabotaje. Cuando la paz se convierte en una excusa para no enfrentar lo que es inevitable, ahí es donde la cosa se tuerce. Puede que busquemos:
    • Aceptar un trabajo que odias para no molestar a tu jefe.
    • No confrontar a un familiar por un comentario desafortunado que te irritó.
    • Dejar que un compañero de trabajo se aproveche de ti para no “armar un show”.

Cada una de estas pequeñas decisiones, tomadas con la mejor intención de evitar un conflicto, puede ir acumulándose, como piedritas en el zapato, hasta que de repente tienes un pie lleno de callos y ampollas, y la caminata se vuelve insoportable. Y lo peor, todo por un “por si acaso” que nunca llegó.

Cuando el destino tiene otros planes

Ahora bien, ¿qué tal si no es solo nuestra torpeza? ¿Qué tal si hay un designio cósmico detrás de todo esto? Hay quienes dirían que hay cosas destinadas a ocurrir, y por más que patalees y hagas maromas para evitar un conflicto, el destino ya te tiene marcado en su lista de pendientes. Es como esas películas de viajes en el tiempo donde, por mucho que cambies el pasado, el futuro siempre encuentra la manera de acomodarse para que el evento crucial suceda, aunque sea de otra forma. Intentas detener la explosión de un volcán y terminas provocando un tsunami en la costa. La moraleja: lo que tiene que pasar, pasa. Y si lo que tiene que pasar es un broncón, créeme, te va a encontrar, incluso si pones un pie fuera de tu casa pensando que hoy no te toca.

Piénsalo bien. ¿Cuántas veces has visto a alguien que por eludir una plática incómoda sobre dinero con un amigo, termina perdiendo la amistad y el dinero? La intención era buena: no quería tensar la relación por unos cuantos billetes. Pero al dejar que el problema creciera, la situación se hizo tan insostenible que el vínculo se rompió por completo. Lo que empezó como un esfuerzo para evitar un conflicto menor, desembocó en una pérdida mucho más grande y dolorosa. Es un guion tan viejo como el mundo, pero que nos sigue sorprendiendo con su absurda lógica.

El arte de no evadir lo inevitable

Entonces, ¿cuál es la jugada? ¿Hay que ir por la vida buscando pleitos? ¡Claro que no! La idea no es volverse un contendiente profesional y andar con la guardia en alto todo el tiempo. La clave está en aprender a discernir entre lo que realmente se puede dejar pasar sin consecuencias graves y aquello que, por pequeño que parezca, es una bomba de tiempo con un contador regresivo. Un pequeño raspón no requiere una venda si solo es polvo, pero una herida abierta sí pide a gritos ser atendida.

A veces, el conflicto inicial, ese que tanto queremos evitar, es en realidad una señal. Un foquito rojo que te dice: “Aquí hay algo que necesita atención”. Y si lo ignoras, si lo tapas con el dedo, se va a hacer más grande, más ruidoso, más costoso. Enfrentar una discusión a tiempo, poner límites claros, decir un “no” rotundo cuando es necesario, puede ser la mejor medicina para prevenir una úlcera mayor. Puede que duela un poco al principio, que haya un momento de tensión, una pequeña chispa, pero créeme, es mejor un piquete de aguja a tiempo que una operación de emergencia después. A veces, un buen “estate quieto” a tiempo, dicho con respeto pero firmeza, es un salvavidas que evita que te ahogues en un mar de complicaciones futuras.

En resumen, la próxima vez que sientas esa comezón de evitar un conflicto, haz una pausa. Piensa si ese acto de “paz” no es en realidad el primer paso hacia una guerra campal. A veces, la valentía de enfrentar una pequeña fricción a tiempo es lo que nos salva de un desastre mayor, y lo que nos permite mantener la tranquilidad en el verdadero sentido de la palabra, y no solo en la apariencia. La vida es un lienzo, y aunque a veces manchemos un poquito, es mejor pintar el cuadro completo, con sus sombras y sus luces, que dejarlo en blanco por miedo a usar un color equivocado o por no querer ensuciarse las manos.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com