Cuándo dejas de ser chistoso ¿A dónde se fue mi gracia?
Seguro te acuerdas de aquellos tiempos donde cualquier tontería que decías hacía que tus compas escupieran el refresco de la risa. Eras el alma de la fiesta, el que siempre tenía el comentario exacto para romper el hielo y el que no temía hacer el ridículo con tal de pasar un buen rato. Pero de repente, algo cambió. Un buen día te despiertas y te das cuenta de que la música de los vecinos ya no te invita a bailar, sino que te dan unas ganas incontrolables de ir a tocarles para que le bajen a su relajo. Es un golpe de realidad bien gacho cuando notas que ese humor espontáneo se está transformando en quejas constantes sobre el clima, los precios de la canasta básica o el dolor de espalda que no se te quita con nada. Ese momento en el que dejas de ser chistoso para los demás y te conviertes en el que pone orden es una transición que a todos nos llega, aunque nos duela aceptarlo.
La neta es que la vida adulta se pone bien pesada con tanta chamba y deudas que pagar, lo que va apagando esa chispa que antes tenías de sobra. Ya no te nace aventar un chiste en medio de una reunión porque tu mente está más ocupada pensando en si cerraste bien la llave del gas o si te va a alcanzar para la renta. Creer que dejas de ser chistoso de la noche a la mañana es un error común; en realidad es un proceso lento donde la seriedad te va ganando terreno hasta que terminas siendo un ruco amarguetaz que prefiere el silencio absoluto en lugar de una buena carcajada. La madurez nos juega chueco y nos hace creer que para ser respetados tenemos que andar con cara de fuchi todo el día, olvidando que la risa es lo único que nos salva de volvernos locos entre tanto pendiente y estrés cotidiano.
Razones por las que sientes que dejas de ser chistoso
El entorno en el que te mueves tiene mucho que ver con esa sensación de haber perdido el toque. Si te la pasas con pura gente que solo habla de problemas, es obvio que tu repertorio de ocurrencias se va a ir al caño bien rápido. Cuando dejas de ser chistoso para los demás, muchas veces es porque ya no hablas el mismo idioma que las nuevas generaciones y tus referencias se quedaron atrapadas en programas que ya nadie ve. Aquí te dejamos algunas señales de que te estás pasando al lado oscuro de la amargura sin darte cuenta:
- Te molestan las risas fuertes en el transporte público o en los restaurantes.
- Tus anécdotas siempre empiezan con un “en mis tiempos esto no era así”.
- Prefieres quedarte viendo documentales sobre la segunda guerra mundial que salir a echar el relajo con los amigos.
- Cualquier intento de humor juvenil te parece una falta de respeto o simplemente una tontería sin sentido.
- Ya no aguantas las desveladas y tu única prioridad es que no te despierten antes de las diez de la mañana.
No pienses que esto es el fin del mundo o que ya no tienes remedio. El hecho de que sientas que dejas de ser chistoso no significa que tu sentido del humor haya muerto, sino que está escondido debajo de capas de responsabilidades y cansancio acumulado. A veces solo hace falta juntarse con esas personas que conocen tu versión más relajada para que la gracia regrese solita. Es importante no tomarse la vida tan en serio porque, al final de cuentas, nadie sale vivo de ella. Si dejas que el mal humor gane la batalla, te vas a perder de los mejores momentos por andar cuidando las apariencias o por querer que todo el mundo se comporte como si estuviera en un funeral. Recuperar la capacidad de reírse de uno mismo es el primer paso para no terminar siendo ese vecino gruñón al que todos le sacan la vuelta.
No significa que dejas de ser chistoso para siempre, solo es cuestión de sacudirse un poco el polvo de la rutina y entender que se puede ser responsable sin ser un aburrido de primera. La gracia no se va a ningún lado, simplemente se transforma y se vuelve más selectiva. Quizá ya no hagas reír a todo el mundo en la calle, pero si logras mantener esa chispa con los que más quieres, ya vas de gane. Mantener vivo al chavo que llevas dentro es una chamba de todos los días que requiere voluntad para no dejar que las amarguras de la vida te ganen la partida. Al final, lo que realmente importa es que no se te olvide cómo disfrutar de una buena ocurrencia, aunque ya te crujan las rodillas al levantarte del sillón.

