Cuando tu agenda te dice que hacer y que no

Existe una extraña satisfacción, casi perversa, en ver todos los cuadritos de nuestro calendario digital llenos de colores, perfectamente alineados como si nuestra vida fuera una partida experta de Tetris. Nos hemos convertido en esclavos voluntarios de una notificación sonora que nos gobierna, dictando desde la hora en la que debemos ser productivos en el trabajo, hasta el momento exacto en el que se nos permite descansar o tomar un café con un amigo. Es curioso como, en el afán de no desperdiciar ni un segundo, terminamos desperdiciando la esencia misma de vivir, que radica en la improvisación. Vivimos bajo la tiranía del reloj, corriendo de un compromiso a otro con la lengua de fuera, sintiéndonos culpables si nos sobra media hora y no la “invertimos” en algo útil. Esa sensación de vacío cuando no hay nada programado nos aterra, porque hemos olvidado cómo estar con nosotros mismos sin instrucciones previas, llegando al punto absurdo donde tu agenda te dice que hacer incluso cuando se supone que deberías estar relajado.

El problema de que la agenda te dice que hacer hasta en tu tiempo libre

Lo más trágico de esta obsesión moderna por la optimización del tiempo es que ha invadido nuestros espacios de ocio, esos santuarios que deberían ser intocables. Ya no quedamos con alguien “para ver qué sale”, ahora enviamos invitaciones formales para una “cerveza casual” de 7:00 a 8:30 p.m., porque a las 9:00 p.m. tenemos programado “leer 20 páginas del libro de moda”. Al hacer esto, matamos la magia de la espontaneidad. Si la plática se pone buena, la cortamos porque el calendario manda; si no tenemos ganas de leer, leemos a fuerza porque así estaba estipulado. Hemos mecanizado la diversión.

Cuando permites que esa lista de tareas domine tu existencia, empiezas a notar síntomas ridículos pero reales de esta enfermedad de la productividad:

  • Programar “tiempo de calidad” con tu pareja o hijos como si fuera una junta de negocios.
  • Sentir ansiedad si te quedas tirado en el sofá mirando al techo porque “podrías estar haciendo algo más”.
  • Llenar los fines de semana con tantas actividades “divertidas” que llegas al lunes más cansado de lo que te fuiste el viernes.
  • Consultar el teléfono antes de aceptar una invitación espontánea, aunque sepas que no tienes nada importante, solo para ver si “cabe” en el esquema mental que te hiciste.

Es fundamental entender que el descanso real no se agenda, se siente. Si tu agenda te dice que hacer en tus ratos libres, entonces no son libres, son simplemente otra obligación disfrazada de entretenimiento. La vida no debería sentirse como una lista de supermercado donde vas tachando experiencias solo para decir que las tuviste.

Recuperar el control implica un pequeño acto de rebeldía diaria: dejar huecos en blanco. Esos espacios vacíos no son errores del sistema, son oportunidades para que suceda lo inesperado. Quizá en ese rato libre decidas caminar sin rumbo, dormir una siesta que no estaba planeada o simplemente no hacer absolutamente nada, lo cual es un arte perdido en estos tiempos. Debemos dejar de glorificar el estar ocupados como si fuera un estatus social. La verdadera riqueza no es tener cada minuto asignado, sino tener la libertad de decidir en el momento, sin culpas y sin recordatorios vibrando en el bolsillo. Cuando logras que la voz de tu propia intuición suene más fuerte que cuando la agenda te dice que hacer, es cuando realmente empiezas a disfrutar de tu tiempo en la tierra. No permitas que una aplicación organice tus sonrisas ni cronometre tus momentos de paz.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com