Cosas estúpidas que uno hace
A todos nos ha pasado que, de repente, volteamos para atrás y decimos: “¡¿Pero qué onda conmigo?!”. Esas decisiones que en su momento nos parecieron una genialidad, pero que con el tiempo se transforman en anécdotas para contar entre risas (o para jurar que nunca pasaron). No te creas, es parte de la vida, de crecer, de experimentar y, seamos sinceros, de tener un chip medio suelto de vez en cuando. Las cosas estúpidas que uno hace son el condimento picante de la existencia, esas metidas de pata que nos recuerdan que, antes que nada, somos personas.
Cosas estúpidas que uno hace en el amor: cuando el corazón te apendeja
El amor, ese campo minado donde la lógica se va de vacaciones y el cerebro se pone en modo “automático”. Cuántas veces no hemos hecho verdaderas barbaridades en nombre del cupido. Aquí te van algunas de las joyas que seguro conoces:
- El mensaje de “ya te superé” a las tres de la mañana: Ese clásico que escribes con el ego por los suelos y la dignidad en el sótano, para al día siguiente arrepentirte de cada letra. No importa que hayas borrado el historial, el universo lo sabe.
- Stalkear al ex hasta la foto de preescolar: Te juras detective privado y terminas sabiendo hasta el nombre de su primera mascota. Luego te sientes más rara que un aguacate sin hueso.
- Inventar historias para impresionar: Desde fingir que te gusta la ópera hasta decir que dominas el mandarín. Total, el chismógrafo es gratis, ¿verdad?
- Perdonar lo imperdonable: Porque “el amor todo lo puede” y terminas siendo tapete. ¡No, mijo, no! El amor propio va primero.
Esas cosas estúpidas que uno hace por alguien más, son las que luego nos enseñan a poner límites y a no entregar el corazón tan fácil a la primera sonrisa.
En la chamba y la escuela, ¿también hacemos el ridículo?
Claro que sí, ¡y con ganas! Los escenarios profesionales o académicos, donde supuestamente impera la seriedad, son un terreno fértil para las pifias monumentales. Desde el “se me fue el avión” hasta el “tierra, trágame”, las situaciones abundan:
- Enviar el correo a la persona equivocada: Y que sea justo ese mail donde te quejas del jefe o de la maestra. El sudor frío es real.
- Quedarse dormido en una junta o clase importante: Con ronquido y todo, para rematar. Ni modo, la almohada nos llamó.
- Presentar un proyecto a medias: Pensando que con tu labia y tu carisma ibas a sacar el 10. Spoiler: no funcionó.
- Contar un chiste malísimo que nadie entendió: Y se hizo el silencio más incómodo de la historia. Ni Pato Zambrano en la casa de Big Brother.
Estas cosas estúpidas que uno hace en los pasillos de la escuela o la oficina son la prueba de que el ser humano es imperfecto y que, de vez en cuando, necesitamos un reseteo para no perder la perspectiva (y el empleo).
Con los amigos, el despiste es garantía
Los amigos son ese refugio donde uno puede ser cien por ciento auténtico, o sea, cien por ciento estúpido, y no pasa nada. Con ellos, las cosas estúpidas que uno hace se convierten en el pan de cada día y en las mejores historias para contar en futuras reuniones. Quién no ha:
- Puesto la ubicación falsa en tiempo real: Para decir que estás llegando cuando aún estás en pijama en tu casa. Un clásico de la impuntualidad.
- Olvidado por completo un cumpleaños importante: Y justificarse con un “es que ando bien ocupado”. No te preocupes, el pastelito virtual llegará.
- Apostado cosas ridículas y perder: Y tener que cumplir la penitencia más vergonzosa. El orgullo duele más que el bolsillo.
- Intentado impresionar con un baile chafa: En medio de la pista y terminar con un calambre. A veces es mejor solo ver.
Al final, todas estas cosas estúpidas que uno hace son lo que nos humaniza, nos enseña a reírnos de nosotros mismos y a no tomar la vida tan en serio. Son las pinceladas irreverentes de nuestra existencia, que nos recuerdan que equivocarse es parte del show y que, de vez en cuando, un buen despiste nos viene bien para seguir adelante con una sonrisa.