Cívica en la actualidad
A poco no, a veces uno sale a la calle y piensa: “¿Qué les pasó a las buenas maneras?” Parece que la urbanidad y el respeto mutuo se quedaron atorados en el siglo pasado, junto con los teléfonos de disco y los VHS. La verdad, es un relajo andar por ahí cuando la cívica en la actualidad parece un mito urbano, una leyenda de esas que nomás cuentan los abuelos. Uno se topa con cada personaje que da ganas de preguntar si de plano se les olvidó el civismo que, se supone, aprendimos desde chiquitos.
¿Dónde se nos perdió el civismo?
No es por ser pesimista, pero uno ve el día a día y la cosa está color de hormiga. Desde el que se mete en la fila como si el mundo fuera suyo, hasta el que tira la basura donde le da la gana, sin chistar. Ni hablar del tránsito, ese sí que es un capítulo aparte. Coches, motos, bicis, peatones, ¡todos en su propia película! Cada quien haciendo lo que le da la gana, y la cívica en la actualidad se va por la coladera. Da la impresión de que algunos creen que si no se ponen “vivos” y abusan un poquito, los demás se los van a comer. Es como si el respeto al derecho ajeno, en lugar de ser la paz, ahora fuera una oportunidad para que te vean la cara.
Uno se pregunta qué pasó con esas lecciones de la primaria y la secundaria. ¿De verdad eran tan aburridas? ¿O de plano le hacíamos al que la virgen le hablaba cuando la maestra explicaba qué era ser un buen ciudadano?
- Cívico, ca: Perteneciente a la ciudad o a los ciudadanos. Así, simple. No es un invento del gobierno, es parte de vivir en comunidad.
- Civismo: Comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública. O sea, no hacer lo que se te pega la gana nomás porque sí, pensando en los demás.
Parece que esas definiciones tan claras se esfumaron. Y no, subrayar con marcador fluorescente todo el libro de Cívica no significaba que lo habías entendido; solo que te ibas a acabar el marcador. El chiste era leerle y pensarle, ¿no? Si de verdad aplicáramos un poquito de lo que nos enseñaron, otro gallo cantaría.
Cuando la cívica se diluye en la vida diaria
La ausencia de cívica en la actualidad no es solo una cosa de buenas costumbres, es un problema que nos pega a todos. Afecta cómo nos movemos, cómo compramos, cómo convivimos. Cuando cada quien jala para su lado, la ciudad se vuelve un laberinto de fricciones y malos ratos.
Pensemos en situaciones comunes:
- El ruido excesivo: Es domingo y el vecino decide que es buen momento para poner su música a todo volumen, ¿y los demás? ¿Qué pasa con su descanso?
- La basura en la calle: Un empaque de papas aquí, una botella allá. ¿De verdad cuesta tanto buscar un bote? Esa basura la pisamos todos, la ven todos.
- El abuso en el transporte público: Gente que no cede el asiento, que ocupa dos lugares, que empuja sin pedir permiso. Cosas sencillas que hacen el viaje un infierno.
- La prisa de los demás: El que se pasa el alto, el que estaciona en doble fila, el que bloquea la rampa de acceso. Su prisa afecta el tiempo y la seguridad de otros.
Estas pequeñas transgresiones, que por sí solas pueden parecer insignificantes, se acumulan y crean un ambiente pesado. Nos acostumbramos a la desconsideración, y de pronto, lo normal es el caos. Y lo peor es que, sin darnos cuenta, nosotros mismos podemos caer en las mismas actitudes. Se vuelve un círculo vicioso de “si él lo hace, yo también”. La cívica no es solo para los demás; es para nosotros mismos.
¿Hay esperanza para la cívica?
Quizás el problema es que la cívica en la actualidad se ve como algo aburrido o como una debilidad. Pero en realidad, es todo lo contrario. Ser civilizado es demostrar inteligencia y respeto. Es reconocer que no estamos solos en este mundo y que nuestras acciones tienen consecuencias.
No se trata de ponernos como santurrones, sino de aplicar un poco de sentido común y empatía. ¿Qué tan difícil es un “gracias”, un “por favor” o ceder el paso? Son gestos pequeños que tienen un gran impacto. Si empezamos por lo básico, por nuestra propia trinchera, la cosa puede ir mejorando.
No estamos pidiendo la luna, solo un poquito de la decencia que nos enseñaron. Esa que permite que convivamos sin estar a la defensiva todo el tiempo. Un lugar donde no tengamos que andar con el ojo pelado por si el de al lado se quiere pasar de listo. Un lugar donde la cívica en la actualidad sea, de nuevo, la norma y no la excepción.
