Cicatrices, recuerdos de una vida

Nunca se han puesto ha pensar que las cicatrices que tienen en su cuerpo, todas y cada una de ellas cuentan una historia, una que puede ser divertida, triste o por qué no hasta una lección de vida.

Yo creo que cada una de las marcas que tenemos en nuestro cuerpo dicen mucho de nosotros, y nos recuerdan a nosotros mismos de dónde venimos; como fieles testigos de la memoria para que nunca olvidemos nuestras andanzas y tropiezos. Por tal motivo yo sería incapaz de borrar esas imperfecciones que me hacen única y me diferencian del resto del mundo, mientras muchos pasan muchas horas buscando la perfección de su cuerpo y borrando los errores de su piel, yo los atesoro y valoro más que mi memoria.

Para que tener una piel perfecta, libre de cicatrices si para mi son pasaportes al pasado; verán ustedes recientemente me caí, sí, una más de mis caídas random por esta ciudad que muy seguramente me va a dejar una enorme cicatriz en la rodilla, pero lo que nadie sabe es que yo las colecciono, además me gustan, creo que me hacen única y no por esta razón ando buscando auto cortarme e infringirme daño, esa es otra cosa. Pero cuando por distintas causas de la vida llego a cortarme en vez de entrar en pánico por la horrible cicatriz que va a quedar, pienso en que ella en un futuro me va ayudar a recordar no ser tan tonta.

Lo más curioso del asunto es que solo tengo cicatrices en las piernas, lo que es ser torpe y chocar con todo o caer, es más, estoy convencida que en un tiempo de mi infancia me caía diario por toda la ciudad, mientras el hobbie de unos era caminar, el mio era caer, o eso se decía. Y si no fuera por esas pequeñas marcas que quedaron con el tiempo, yo no podría recordar como si fuera ayer el instante en el que visite el suelo porque la gravedad de mi cuerpo se volvió más fuerte.

Lo juro, no era torpeza, simplemente había momentos en los que la gravedad de mi cuerpo era increíblemente poderosa.

Mientras unos se hacen tatuajes, otros toman fotos o videos yo miro mis cicatrices que me hacen imperfectamente perfecta para recordar tan nítidamente un momento, pero saben lo mejor de mis cicatrices, es la moraleja que dejan.

Tengo una gran cicatriz en la rodilla izquierda, a un costado, la versión oficial durante mucho tiempo fue que esa cicatriz me la hice ayudando a un amigo, PERO ESA NO ES LA HISTORIA REAL y tampoco es la moraleja, NOOOO, aquella vez aprendí algo muy diferente, pero yo lo edite para que los que escucharan la historia oficial dijeran que fue una excelente niña.

Esa cicatriz me la hice cuando tenía como 12 años, en el bosque de Tlalpan durante una excursión; ustedes saben yo era la señorita sin amigos y mi infancia no fue la excepción.
Ese día iba solita, caminando por un gran sendero mientras los demás niños se divertían, cuando hubo un momento en que una niña iba a caer de unas piedras, era menos de un metro, pero a esa edad parecía precipicio y yo la ayude y no porque considerará que era algo bueno, la ayude pensando que así sería mi amiga, pero no fue mi amiga y mientras la ayudaba me rasgue con un tronco toda la pierna. La moraleja que aprendí ese día es que si iba a hacer algo bueno por alguien era porque me nacía del corazón y no esperaría nada de ello, porque de lo contrarío la vida se encargaría de darme una lección, y es que las cosas se hacen desinteresadamente. Y vaya que lo aprendí muy bien. Esa lección la guardo en el corazón y la porto en la pierna con orgullo.

Todas mis heridas de guerra cuentan algo, por ejemplo la cicatriz de la pantorrilla derecha, la que me hice en una moto, me recuerda que nunca se debe seguir a nadie por “amor platónico”, y los pequeños rasguños me recuerdan que correr como gallina sin cabeza pueden tener consecuencias, mejor paciencia.

Porqué tenemos que borrar de nuestra piel esos accidentes, que nos hacen hermosos y que nos ayudan a recordar. Además a mi me gustan.

Salir de la versión móvil