Asumir cosas de los demás: el arte de inventarnos problemas que no existen

A todos nos ha pasado. Estás esperando ese mensaje importante, pasan los minutos, luego las horas, y tu cerebro empieza a trabajar horas extra. No piensas que se le acabó la batería o que tuvo una reunión urgente; tu mente salta directamente a la catástrofe: seguramente ya no le importo, está enojado por lo que dije hace tres años o, peor aún, planea mudarse a otro continente sin avisarme. Es fascinante cómo nuestra cabeza tiene una capacidad creativa digna de un guionista de telenovelas cuando se trata de llenar los huecos de información que desconocemos.

¿Por qué nos encanta el drama mental?

Nuestra mente está diseñada para buscar patrones y anticipar peligros. Es un mecanismo de supervivencia ancestral. El problema es que, en la vida moderna, rara vez nos persigue un depredador en la selva. Nuestros “peligros” actuales son miradas ambiguas, correos sin respuesta o tonos de voz que interpretamos mal. Al asumir cosas sin preguntar, lo que hacemos es proyectar nuestras propias inseguridades sobre la pantalla en blanco de la otra persona.

Si alguien no te saluda en el pasillo, es mucho más probable que sea miope o vaya distraído pensando en si cerró la llave del gas, a que haya orquestado un plan maquiavélico para ignorarte. Sin embargo, preferimos la versión donde somos los protagonistas de un conflicto imaginario.

El costo emocional de las suposiciones

Vivir intentando leer la mente ajena es agotador. Generamos ansiedad, resentimiento y estrés basados en hechos que solo existen en nuestra imaginación. Cuando decidimos asumir cosas en lugar de verificarlas, estamos apostando nuestra paz mental en un juego donde casi siempre perdemos.

Las relaciones interpersonales, ya sean de pareja, amistad o trabajo, sufren un desgaste innecesario. ¿Cuántas peleas han comenzado por un “es que yo pensé que tú querías…”? La suposición es la madre de los malentendidos. Creemos conocer las intenciones del otro tan bien que nos olvidamos de lo más básico: la comunicación.

Pasos para desactivar la fábrica de historias

Romper este hábito requiere práctica y un poco de humildad para admitir que no somos adivinos. Aquí hay algunas estrategias efectivas:

  • Pregunta antes de juzgar: Parece obvio, pero es la herramienta más subestimada. Un simple “¿está todo bien?” puede ahorrarte tres días de angustia.
  • Separa los hechos de la ficción: Analiza la situación fríamente. El hecho es: “no me contestó el mensaje”. La ficción es: “me odia”. Quédate con el hecho hasta tener más datos.
  • Aplica la navaja de Hanlon: Este principio sugiere que nunca debemos atribuir a la maldad lo que puede explicarse adecuadamente por la estupidez, el despiste o el cansancio. La gente suele estar más centrada en sus propios líos que en hacerte daño.

Asumir cosas y la profecía autocumplida

Lo más peligroso de este hábito es que puede volverse realidad. Si asumes que tu pareja está distante porque ya no te quiere, probablemente actuarás a la defensiva, frío o irritable. Esa actitud tuya provocará que, efectivamente, tu pareja se aleje, confirmando tu sospecha inicial. Es un ciclo vicioso donde nuestra reacción ante un escenario imaginario termina creando el problema real.

Al dejar de asumir cosas, abrimos la puerta a la realidad, que suele ser mucho más aburrida y menos dramática de lo que pensamos, pero infinitamente más tranquila. La próxima vez que tu mente empiece a escribir el guion de una tragedia griega porque alguien te miró raro, respira hondo y recuerda: probablemente solo tienen hambre o les aprieta un zapato. La vida es mucho más ligera cuando dejamos de cargar con intenciones ajenas que nunca existieron.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com