El que no habla, Dios no lo oye

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Más que un dicho popular, esta es una verdad absoluta que encierra mucha metafísica humana, neta, hay un punto en donde las payasadas que escuchas como refranes o dichos, hay un punto en la vida en el que tienen sentidos y dices “wey, no manches, eso es tan profundo”, y no solo NO ESTAS DROGADO, sino que lo dices en serio y eso pasa justo en el momento en que ese refrán te está hablando directamente a ti, en base a una experiencia de vida que estas sufriendo, y dije sufrir en vez de vivir; porque son diferentes aproximaciones, vivir y sufrir, apelan a la experiencia, pero sin duda la forma en la que sientes cada una de ellas, es muy, muy diferente.

Por ejemplo, si estas cómodamente en la sala y de la nada tu abuelita empieza soltarte esa sabiduría popular, así, random, de forma inquietante con frases como:

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•“Al nopal sólo se le arriman cuando tiene tunas”
•“Dar el alón y comerse la pechuga”
•“El que es perico, donde quiera es verde”

Pues obvio que tú vas a contestar con desconcierto, intentando seguir la plática en ese tono, a ver si chicle y pega y estas en lo correcto, hablando su idioma:

•“Agua pasa por mi casa, cate de mi corazón”

Mientras tu hermano te pregunta, “¿wey, que pedo?” y tú solo dices, no sé, sólo hago conversación.

Bueno, por lo menos así me pasa muchas veces, que intentando seguir la corriente, termino participando en conversaciones extrañas que parecen no tener sentido o contexto, como si fuesen platicas de locos; pero llega un buen día en la vida, en el que esas frases tienen razón, tienen sentido y se conectan con el todo, con la objetividad, con la vida. Es en ese momento cuando comprendes su significado y que te querían decir con “el que es perico, donde quiera es verde”; por fin comprendes la gran sabiduría de esas palabras, por fin comprendes la metáfora del perico y captas, que tú eras ese perico verde.

Es lo bello de los dichos populares, hasta que vives esa situación es que puedes comprender que es lo que te querían decir los demás, y yo esta semana acabo de verificar de propia mano uno de los más populares.

Al que no habla, Dios no lo oye

Por mi parte sé que soy malísima diciendo dichos, al mero estilo de uno de los personajes de la televisión mexicana más populares, El Chapulín Colorado, si bien ese personaje me parece muy malo, compartimos esa cualidad y siempre estamos cambiando los refranes o dichos populares. Por ello no soy una persona que suela decirlos mucho; pero el otro día, mientras estaba en una fiesta y la mesera decididamente me estaba ignorando para no darme mi capuchino, DECIDIDAMENTE, porque siempre topábamos nuestras miradas, en una especie de duelo y reto, en el que ella siempre ganaba, siempre terminaba llevándose mi capuchino para entregárselo a otra persona, mientras me veía con una cara desafiante.

Lo juro, estaba molesta, estaba indignada porque simplemente estaba ignorándome, evitándome y molestándome deliberadamente la simple mesera de cafés; hasta que me harte y renuncie a la idea de tener mi capuchino mamón hecho con leche de almendras y destilado de no sé qué cosa, al fin y al cabo, ni quería café, no me gusta tomarlo y en ese momento no deseaba ninguna bebida.

En ese momento una parte dentro de mí, se burlaba y me decía “sí, claro, no querías café” y esa voz era muy burlona; pero bueno, no quería entrar en conflictos, ni nada al estilo, además, solo era un café y uno gratis, por cierto, así que no pasa nada.

Pero conforme mis yo´s internos debatían sobre mi falta de acción, en mi cabeza se oyeron unas palabras profundas Al que no habla, Dios no lo oye; en ese momento lo que menos me preocupo es el hecho de estar loca, más bien me quede pensando en lo profundas de esas palabras, pero obvio, yo modifique un poquitín el dicho “quien no habla, dios no le oye”, esta vez las modificaciones fueron mínimas.

Esas palabras me hacían eco y hasta la fecha, tendré la duda de su me estaba discriminando, evitando o tratando de molestar esa mesera, y todo porque no pude hablar y pedir mi taza de capuchino. Sin embargo, insisto, no tomó café, pero siempre pensé que por lo menos hubiera sido amable en decir “gustas” u ofrecerme una taza, claro, no pensaba aceptar; pero todo queda en una buena intención o en un trato amable, y no una mirada al estilo “qué, quieres uno”

No es que sea orgullosa y por eso no hable, se bien y por experiencia, que al que no habla, Dios no lo oye, por eso siempre he dicho las cosas que pienso o siento; pero a veces cuando no tienen un sentido o un porque termino callándolas.

El problema es que siempre me quedaré con la duda, si quiero algo, tengo que hacer que pase, tengo que decirlo.

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