Por qué somos adictos a la tecnología

Seguro te ha pasado que lo primero que haces al abrir un ojo por la mañana, incluso antes de saludar al mundo o checar si sigues vivo, es estirar la mano para alcanzar el celular. No nos hagamos, todos hemos sentido ese microinfarto cuando el pantalón se siente ligero y juramos que perdimos el teléfono, para darnos cuenta tres segundos después de que lo tenemos en la otra mano. La verdad es que nos hemos vuelto adictos a la tecnología casi sin darnos cuenta, convirtiendo las pantallas en una extensión de nuestro cuerpo que nos acompaña hasta en los momentos más privados, como esas sesiones eternas en el baño donde terminamos con las piernas entumecidas por estar viendo videos de gatitos o chismes que ni nos incumben.

Esta necesidad de estar conectados todo el tiempo ha creado comportamientos que, si los viéramos desde fuera, nos darían mucha risa. Estamos en una cena con los amigos y, en lugar de platicar de cómo nos fue en la chamba, todos están agachados tomándole fotos a la comida para que la gente en internet crea que tenemos una vida increíble. Es una especie de hipnosis colectiva donde si no lo publicamos, parece que no lo vivimos. Esta dependencia no distingue edades, y es que ahora los morros ya no piden una pelota o salir al parque; si no tienen una tableta, una consola y su propia computadora prendidas al mismo tiempo, sienten que se les acaba el mundo.

Señales de que ya somos adictos a la tecnología

A veces es difícil aceptar que ya perdimos el control, pero hay ciertos hábitos que nos delatan por completo. Si te identificas con más de dos puntos de esta lista, lamento decirte que ya eres parte del club de los que no pueden vivir sin un enchufe cerca:

  • Vibración fantasma: Sientes que el celular vibra en tu bolsa, te apuras a sacarlo con toda la ilusión del mundo y resulta que no tienes ni un mensaje de la compañía telefónica.
  • Pánico al uno por ciento: Entras en modo supervivencia cuando la batería se pone en rojo y eres capaz de pedir un cargador prestado hasta a un desconocido en la calle con tal de no quedarte desconectado.
  • El síndrome de la pantalla compartida: Estás viendo una serie en la televisión, pero al mismo tiempo estás scrolleando en el celular y quizá tienes la tableta a un lado por si te aburres de las otras dos.
  • Cenas silenciosas: Ese momento incómodo donde todos en la mesa están en sus rollos digitales y el único sonido es el de las notificaciones llegando una tras otra.

El problema de estar tan clavados con los aparatos es que los peligros y las implicaciones van más allá de solo perder el tiempo. Ya nos duele el cuello de tanto estar agachados viendo la pantalla, lo que los doctores ya llaman cuello de texto, y nuestras habilidades sociales se están oxidando más rápido que una lata bajo la lluvia. Los morros, por ejemplo, ya no saben qué hacer si se quedan sin señal; parece que el mundo se detiene si no hay un video de fondo mientras comen. Ser adictos a la tecnología nos ha quitado un poco esa capacidad de disfrutar el silencio o de simplemente observar lo que pasa a nuestro alrededor sin intentar ponerle un filtro bonito para subirlo a una historia.

No se trata de tirar todos los cables a la basura y vivir como en la edad de piedra, pero sí de darnos cuenta de que la vida real no tiene pixeles. A veces es necesario dejar el celular en la otra habitación y ver que el cielo sigue siendo azul sin necesidad de saturar los colores en una aplicación. Reconocer que somos adictos a la tecnología es el primer paso para intentar recuperar un poco de nuestra atención, que hoy en día vale más que cualquier criptomoneda. Al final, lo más importante es que nosotros controlemos a los aparatos y no que un algoritmo nos diga qué pensar, qué comprar o cómo sentirnos cada cinco minutos.

Vale la pena intentar un detox digital de vez en cuando, aunque sea por unas horas, para ver qué se siente platicar cara a cara sin que una notificación nos interrumpa a mitad de una frase. La tecnología es una herramienta increíble que nos facilita la vida de mil formas, pero no debería ser el centro de nuestra existencia ni el único medio para conectar con los demás. Aprender a soltar el control remoto o la tableta nos permite redescubrir placeres tan simples como una buena plática o simplemente estar presentes en el aquí y el ahora, sin preocuparnos por cuántos corazoncitos va a recibir nuestra última publicación.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com