Todos somos acumuladores de cosas

A ver, seamos honestos: ¿quién no ha guardado una servilleta extra del restaurante “por si acaso”, o ese cargador viejito de un celular que ya ni existe? Parece que llevamos dentro un pequeño guardián de tesoros inservibles, listo para justificar la permanencia de cualquier objeto bajo la lógica del “quizá algún día lo necesite”. Sí, sin darnos cuenta, muchos somos acumuladores de cosas, y no necesariamente hablamos de esos casos extremos que vemos en la tele, sino de esas pequeñas manías cotidianas que hacen que nuestros cajones y clósets sean un universo de posibilidades… o de caos.

El arte de coleccionar “por si acaso”

El síndrome del “por si acaso” es una condición universal que nos convierte a todos en potenciales acumuladores de cosas. No importa el tamaño del objeto, si tiene el potencial, por mínimo que sea, de ser útil en un futuro incierto, ahí va directo a la zona de “reservas”. Pensemos en las servilletas de papel, ese claro ejemplo de ahorro preventivo. Una cena en un restaurante, nos sobra una, y en lugar de dejarla, la doblamos con cuidado y la guardamos en la bolsa o la guantera del carro. ¿Para qué? “Por si se derrama algo”, “por si necesito limpiarme las manos”, “por si…”. La lista de eventualidades es infinita, y la servilleta, un modesto héroe anónimo en espera de su momento de gloria.

Pero no solo las servilletas son víctimas de este impulso. También encontramos:

  • Los tuppers huérfanos: Esos recipientes de plástico que pierden su tapa, pero se quedan en la despensa, “porque a lo mejor le encontramos otra tapa que le quede”.
  • Los cables misteriosos: Un revoltijo de cargadores, USBs y adaptadores de no se sabe qué aparato, pero que ahí están, “por si algún día los necesito para algo”.
  • Las bolsas de supermercado: Una bolsa de tela para el mandado que se multiplica hasta tener más de una decena guardadas en otra bolsa más grande, en la cajuela o bajo el lavadero.
  • Las pilas usadas: Sí, esas que ya no funcionan, pero que por alguna razón se quedan en un cajón, “a la espera de un reciclaje que nunca llega”.

¿Por qué somos acumuladores de cosas? La lógica detrás del caos

Parece que en el fondo, este comportamiento tiene un poquito de lógica. Tal vez viene de la idea de no desperdiciar, o de la previsión de que un objeto, por más insignificante que parezca, podría sacarnos de un apuro en el futuro. Es una especie de optimismo materialista. Creemos que cada cosa que guardamos tiene un propósito, aunque ese propósito esté muy, muy escondido. La realidad es que esta tendencia a ser acumuladores de cosas nos conecta con un rasgo muy humano: la necesidad de sentirnos preparados, de tener control sobre lo que podría venir. Es una forma divertida de lidiar con la incertidumbre, armando nuestro propio kit de supervivencia para el día a día.

Los santuarios secretos del acumulador interno

Nuestros hogares están llenos de estos pequeños escondites para objetos “por si acaso”. El clóset es un clásico, donde esa playera que no te pones desde hace cinco años se queda “porque me podría volver a quedar” o “porque está de moda otra vez”. La alacena, por otro lado, puede ser un museo de especias caducadas o de latas de comida que prometimos usar en aquella receta exótica que nunca hicimos. Y qué decir del escritorio, ese campo de batalla donde se acumulan plumas sin tinta, clips doblados y recibos de hace meses, “por si hay que hacer alguna aclaración”.

Esta vena de acumuladores de cosas nos da una divertida perspectiva de cómo enfrentamos la vida. Quizás no seamos Marie Kondo, pero hay una cierta comodidad en saber que, en algún cajón, en algún rincón, tenemos esa servilleta guardada. Solo por si acaso. Y eso, tiene su encanto.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com