Se acuerdan cuando la vida era fácil, oh, viejos tiempos en los que te dejabas de payasadas y simplemente eras y no había ningún debate interno entre ser o el deber ser, además, tampoco eras muy prudente, obvio, sin experiencias, traumas, frustraciones uno era tan inocente que podía creer que todo era posible, que todo podía pasar y simplemente eras feliz intentando ser feliz; sin reglas tontas, sin el sentido común acosándote, sin pensar en las consecuencias de todas tus acciones, sin pensar en la lucha de poder, sin pensar en las relaciones, simplemente ibas con la corriente y punto, descubriendo minuto a minuto que era lo que te deparaba el destino.

Ah, como se extrañan esos viejos días; sin embargo por más duro que resulta confrontar la realidad con la experiencia adquirida por los años, supongo que ese proceso natural de crecer, madurar, aprender y auto ponerse reglas, es algo inevitable que a la larga es mejor, digo, finalmente uno termina cansándose de caer y usando esa horrible, pero benéfica experiencia se comienza a ser más prudente y aunque las cosas parezcan divertidas, ese conocimiento previo nos dice que el resultado final no será tan divertido.

Entonces llega un buen día, a la mitad de tu vida, cuando los años se suman y esas caídas que han dejados cicatrices te hacen formar un nuevo decálogo de vida, que de decálogo no tiene nada, y las 10 reglas con las cuales empezaste para evitar que alguien más te lastimará, terminan convirtiéndose en una especie de código civil para la vida; hecho por ti y para ti con un montón de reglas, apología de la tristeza, auto lamentaciones, frustraciones y un montón de NO´S.

Y después de los 25 años todos comenzamos a escribir esas leyes de vida, esas reglas que uno se impone para no lastimarse, para no sufrir y para no equivocarse nunca más, pero en serio nunca. Y van pasando los años para al comienzo de los treintas tener una larga lista de prohibiciones, reglas estúpidas, señales de alarma, cosas que no vas a permitir para en cuanto pases, inmediatamente sales corriendo, pides refuerzos, renuncias y te vas en busca de algo menos complicado.

Pero las relaciones, siempre son complicadas y complejas, y se hacen aún más cuando una o ambas personas en esa relación tienen una larga lista de reglas para no involucrarse más pasando cierto punto.

Y eso a mí siempre me pareció neuróticamente gracioso, parte inherente de comedias románticas al estilo Woody Allen, con personajes bien raros, solitarios y hasta cierto punto frustrados y amargados que vivían a medias, con sus tonterías propias y el montón de reglas que uno se impone para no lastimarse.

Ya sabes algo así como:

•No me involucro con personas con pasado
•Es una señal de alerta si es una persona dispersa
•Regla de oro, nunca llamarle yo a esa persona especial
•No dedicarle mucho tiempo
•Absolutamente está prohibido ser honesto, sincero y decir mis sentimientos
•Si la otra persona no es reciproca no quiero nada que ver
•Voy a darle en la misma medida que me da
•No pasar más de 5 minutos al teléfono
•No conocer a sus amigos o familia muy pronto
•No decir “te quiero”

Y en fin, la lista de reglas crece y crece ajustándose a la lista de experiencias de cada persona, una lista redactada por el sentido común propia, sus vivencias y sus más profundos miedos. Porque en esas reglas locas y estúpidas, las reglas que uno se impone para no lastimarse amando a alguien más, más que la experiencia es el miedo lo que dicta esas reglas que se graban en piedra, para que esa persona nunca olvide quien es, y lo fácil que resulta ser herido en el proceso de conocer a alguien.

Nos pasa a todos, incluso a mí, y ahora resulta que cuando me doy cuenta tengo un montón de reglas pendejas para saber con quién si salir y con quien no, pero lo peor es que no solo son reglas, también hay señales de alerta que me hacen salir por la puerta de emergencia cuando la otra persona reaccione de cierta manera o tiene ciertas actitudes.

Esa es mi regla de oro, la máxima de las máximas, “no me involucro sobrepasado cierto punto” y definir el punto, es tan ambiguo como relativamente fácil y cuando las cosas no son como deseo, como me gustaría o cuando vuelven a surgir en mi todos esos miedos y demonios, se activa el botón de pánico de mi mente, para salir corriendo y la secuencia de autodestrucción es actividad.

Todo gracias al miedo que adquirí por las experiencias, uno que se disfrazó de precaución y es gracias a ese montón de estúpidas reglas que uno se impone para no lastimarse o ser lastimado por alguien más, es que se deja de vivir, se deja de creer, se deja de conocer y se deja de sorprender con las personas.

El ponernos reglas para que no nos lastimen y tener sensores de alerta, simplemente nos pone a la defensiva incapaces de permitir que alguien nos sorprenda con su cariño.

Pero lo sé, abandonar esas reglas estúpidas es muy difícil por no decir imposible, porque esas reglas nos dan la sensación de control, a lo mejor si está bien tener estas reglas que nacen de la experiencia pero hay que saber cuando romperlas.

Creo que me gustaban más mis reglas y las listas que hacía en el pasado

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